jueves, 27 de octubre de 2016

Un trago amargo (Yara II)



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Yara inspiró hondo de nuevo, con los ojos cerrados, y contó hasta diez mientras espiraba. “Uno, dos, tres…”. Su torso se mantenía recto, con la coronilla apuntando al techo del camarote, mientras que sus piernas se mantenían cruzadas en paralelo al suelo de madera. Inspiró de nuevo, tratando de concentrarse por enésima vez. Pero, por algún motivo, no lo lograba. Como un insecto especialmente molesto, había una idea rondando su cabeza que no la dejaba meditar en paz.
Cuando su oído afinado por el entrenamiento captó los primeros graznidos de gaviota, sin embargo, desistió con un hondo suspiro pero no abrió los ojos. Quería comprobar primero que sus capacidades no se habían deteriorado. Pues había una vocecita insidiosa que se lo sugería mentalmente cada dos por tres.
Alzando ligeramente la nariz, aspiró, buscando el olor del puerto; le satisfizo encontrarlo en pocas décimas de segundo. Asimismo, continuó pendiente de los gritos de las aves marinas mientras el barco se bamboleaba suavemente sobre las olas. Su aumento en intensidad, sumado al ruido propio del ajetreo de los muelles, le indicó que estaba a punto de llegar a su destino. Y, sin quererlo, un nudo de ansiedad se enroscó en la base de su estómago. Puesto que llegar implicaba enfrentarse a su peor miedo.
En ese instante, un puño golpeó con suavidad la puerta de su camarote, devolviéndola a la realidad.
–Adelante –indicó la joven.
La madera se entreabrió y el rostro de Yara se relajó levemente cuando vio que lo que asomaba por el hueco era la cabeza de Fadir.
–Mi general, ya hemos llegado –avisó este con sencillez.
Yara asintió con un solo movimiento al tiempo que se levantaba para calzarse y vestirse. Para meditar, por regla general, solo llevaba los pantalones negros y la holgada camisa verde del uniforme.
–Gracias, teniente. Enseguida subo.
Fadir respondió con una educada reverencia antes de cerrar nuevamente la puerta. Yara escuchó sus pasos ascendiendo por la escalera a cubierta mientras se abrochaba el corpiño de color azabache y se enfundaba las botas. Con cuidado, palpó que la daga que siempre llevaba escondida estuviera en su sitio al tiempo que situaba otra bajo la primera prenda. La capa bordada con los colores de Vlinder ocupó sus hombros, enderezó el broche de la kalpana sobre su clavícula derecha, alzó la barbilla con decisión y salió del camarote.
Hora de ajustar cuentas.

La ciudad de Anybel era, sin duda, una de las menos relucientes de Vlinder. En comparación con los edificios pintados de azul y blanco coronados por tejas de bronce de su gemela del otro lado de la bahía de Amüer, Belina, la villa fortificada que se extendía entre los acantilados del Explorador casi podía decirse que se mimetizaba con el ambiente. Sus ladrillos de color oscuro y sus edificios geométricos de no más de tres alturas y dispuestos en perfecta alineación, como un gigantesco puzle, albergaban además un tesoro más valioso para Vlinder que cualquier riqueza reluciente que se pudiese extraer de las arcas de los nobles. Puesto que la ciudad contaba con una de las escuelas militares más prestigiosas de Vlinder: la Escuela Marcial Magna del maestro Aoke Duniev. Fuera cual fuese la aspiración de cada uno en el ejército, todos los aprendices jóvenes empezaban estudiando con él y Duniev era el que solía determinar si valían o no, y quiénes, para cada puesto o rama del ejército. Y Yara había dedicado su vida desde que apenas levantaba dos palmos del suelo a un solo propósito: llegar lo más alto posible.
Aunque Ghibel era el puerto más transitado y conocido de Vlinder, donde se celebraban las grandes ceremonias navales, las misiones menores y de espionaje siempre atracaban en Anybel bajo bandera generalmente anónima. Al menos desde que la vecina Olut había puesto sus codiciosos ojos en lo que los vlinderis consideraban suyo, despreciando su austero estilo de vida. Yara apretó los puños mientras el barco terminaba de acoplarse al muelle, las amarras se ajustaban en sus posiciones y los marineros situaban la tabla para que los pasajeros pudieran descender a tierra. La joven general se situó en cabeza, flanqueada por Fadir y el capitán del barco, al tiempo que avanzaba hacia una calle ascendente de las muchas que salían del puerto. La mayoría de ellas estaban asfaltadas con losas de piedra grisácea, lo que hacía que los tacones de sus botas resonaran más de lo que la muchacha desearía. Manteniendo la vista al frente y aferrando su casco reglamentario bajo el brazo, Yara caminó a paso marcial en línea recta hasta llegar a una plaza redonda y desprovista de adornos. Allí, frente a un imponente edificio cuadrangular, los esperaba una comitiva presidida por un hombre corpulento de ojos acerados y barba grisácea pulcramente recortada.
En cuanto Yara se aproximó y lo saludó con el gesto marcial propio de Vlinder –con la mano izquierda debía tocar primero su hombro izquierdo, después el derecho y posteriormente inclinar la cabeza para finalizar tocándose la parte superior de la misma– el hombretón sonrió ligeramente y le situó las manos sobre las hombreras. Acto seguido la besó en la mejilla cuando ella incorporó la barbilla y dijo en voz alta:
–Bienvenida a casa, general.


La Escuela de Anybel, situada en una posición elevada y estratégica, permitía contemplar la bahía casi por entero desde los ventanales que recorrían sus pasillos e iluminaban cada una de sus estancias de piedra oscura. Gracias a la presencia de enormes chimeneas alimentadas con madera de pino procedente de los bosques más próximos o ramones residuales de plantaciones cercanas, generalmente de árboles frutales, la temperatura en la mayoría de las zonas comunes de la enorme academia era agradable. El Gran Capitán Silika Clàr, por su parte y tras haber almorzado junto a su hija y el Gran Maestro en un balcón sobre la ciudad, había llevado a la joven a otro salón aparte. Y Yara sabía perfectamente la razón.
El salón de reuniones al que se dirigieron era austero, con algunos trofeos colgados de las paredes, un par de tapices de temática bélica adornando el muro frontal y una mesa de reuniones tallada en tosca madera de roble. No obstante, cuál no fue la sorpresa de Yara al comprobar que Silika, en vez de tomar asiento enseguida como le indicó a ella que hiciera, se aproximaba a un aparador y tomaba algo que parecía un sobre entre sus enormes manos enguantadas.
–Ayer a mediodía llegó este mensaje por paloma mensajera –indicó simplemente mientras se lo tendía.
Yara, tras una breve vacilación, tomó el pergamino entre los dedos y lo observó con detenimiento. Estaba abierto, por supuesto. Despacio, alzó la vista hasta cruzarse con unos iris grises y carentes de emoción a simple vista. No hacía falta preguntar para obtener la respuesta que buscaba. Sin embargo, la muchacha se esforzó por mantener la entereza. Debía saber qué decía la misiva por sus propios medios y, además, había sentido una mano invisible estrujando su corazón al intuir el contenido de la misiva.
En efecto, era lo que suponía, por lo que apretó ligeramente el mensaje en su puño derecho sin poder evitarlo. Sabía que no era buena idea pero, ¿qué podía haber hecho?
–¿Y bien? –rompió entonces el silencio el Gran Capitán–. ¿Qué tienes que decirme, general?
Yara tragó saliva y miró al frente.
–Lo siento, padre. He fracasado.


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3 comentarios:

  1. ¡Ay, Yara! Qué mala suerte haber terminado esa misión de tan mamá forma y justo porque fue robada. O sea, no hay otra razón, fue robada y por eso esa importante misión no la pudo llevar a cabo. Igual me parece un gran descuido por parte de ella... en fin, ya la van a regalar con todo en el siguiente capítulo me imagino :(
    Me gustó la descripción de las ciudades y como aprovechaste este capítulo para hablarnos más de Vlinder y como se compone, también aquello de las escuelas militares. Al parecer es un pueblo más militar que otra cosa, hasta el momento, no? Quizá más adelante se ven otros detalles :)
    Gracias por la continuación y mucha suerte!

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